The Penguin — De la sombra del gárgola al brillo de neón barato
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La producción de The Penguin parece haber surgido de una junta clandestina entre los encargados de los presupuestos de HBO Max y una conspiración de fanáticos de los villanos que creen que la gravedad sólo sirve para colgar cuerpos. En lugar de una visión cohesiva, la serie se despliega como una tabla de Excel llena de casillas amarillas que indican “cerca de lo aceptable”. El propio Claqueta Ácida ha sobrevivido a esta aberración no gracias a la resistencia de su café, sino a la necesidad de demostrar que la ironía aún puede florecer entre tanto pantano de mediocridad.
Desde el primer episodio, la sensación es la misma que cuando uno se mete en una bañera llena de agua tibia y se da cuenta de que el grifo sigue abierto: una promesa de limpieza que nunca llega. El equipo de guion, liderado por el propio Todd Phillips, parece haber buscado la profundidad filosófica de El Padrino y la ha reemplazado por la sutileza de un cartel de McDonald’s. Las voces del reparto intentan levantar la trama como si fueran magos que sacan conejos de un sombrero, pero terminan tirando patitos de goma en medio de la noche de Gotham.
Un viaje alucinante al aburrimiento absoluto
La premisa de The Penguin es tan original como preguntar “¿Qué pasaría si el pingüino se vuelve alcalde?” La historia sigue a Oswald Cobblepot (Colin Farrell) —un pingüino que, según la lógica del guion, ha evolucionado de ladrón de palomas a señor de la mafia con un traje que parece hecho por una costurera que nunca vio un traje de hombre. Sus diálogos son una mezcla de pretensión melancólica y clichés de “película de gangsters” que suenan como si los hubieran sacado de un manual de escritura de guiones de los años 90. Cada frase se vuelve una piedra en el zapato de cualquier amante del cine que espere algo más que una lista de frases de “Yo tengo la culpa”.
Los personajes secundarios son meras sombras que aparecen para servir de excusa a los “giros argumentales” de tipo “¿y si…?”. Michael Zegen, como el leal Jimmy, intenta aportar una pizca de humanidad, pero su actuación se diluye en una niebla de “actuación de fondo” que recuerda a los extras que aparecen en los créditos finales de una película low‑budget. Cada momento íntimo entre Cobblepot y sus enemigos parece una mise‑en‑scène de The Godfather pero sin la elegancia, como si la cámara hubiera sido operada por un robot con déficit de batería.
Los diálogos, en lugar de revelar capas, se convierten en una cascada de platillos rotos, cada frase más hueca que la anterior. Cuando Cobblepot habla de su “visón para Gotham”, se oyen ecos de Breaking Bad mezclados con la grandilocuencia de un discurso de ventas de seguros. La serie intenta darle al espectador la sensación de estar dentro de una cápsula del tiempo de los 90, pero todo está tan “re‑cocido” que la nostalgia resulta tan salsa empanizada que se vuelve inmanejable.
Estética de serie B y Pepsi‑Cola
Visualmente, The Penguin se aferra a una estética que pretende ser “neo‑noir” pero termina pareciendo la decoración de un lounge de discoteca de los 2000. La fotografía, a cargo del talentoso Cezary Jaworski, se vuelve una película de luces de neón que parece sacada de un anuncio de refrescos. Los colores saturados de violeta y azul, combinados con el brillo de los carteles de neón, pretenden crear una atmósfera “gótica‑futurista”, pero el resultado es tan cómicamente barato que uno se pregunta si el presupuesto de la serie fue medido en latas de refresco.
Los efectos CGI son otro homenaje a la era de los presupuestos limitados: puñales que brillan como si hubieran sido renderizados en Microsoft Paint, explosiones que parecen hechas con fuegos artificiales de fiesta infantil. En vez de sumergirte en la penumbra de Gotham, te encuentras en una pista de baile que ha sido filtrada a través de un filtro Instagram. Cada escena de persecución de coche se asemeja a un video de TikTok con cámara temblorosa, y el “look” general recuerda más al set de un anuncio de cerveza que al de una serie de antología criminal.
La publicidad que acompaña a la serie es igualmente ridícula. Los trailers presentan a Colin Farrell con una mirada de “soy el peor de los villanos, pero también el mejor amigo del público”, mientras la música de fondo es un synth‑pop que parece sacado de la bandeja de “hits de los 80”. La campaña de marketing se apoya en hashtags como #ThePenguinRise y #GothamReborn, sin comprender que el público ya está harto de los re‑boots y spin‑offs que venden la misma promesa vacía una y otra vez. En resumen, la estética es un desfile de luces de neón sobre un pavimento de cemento, un desfile donde el único que avanza es la paciencia del espectador.
Lo mejor
- Colin Farrell ofrece una interpretación tan entregada que, a pesar de la mediocridad del guion, consigue que el personaje sea el único punto de luz en una serie de sombras aplastantes.
- La banda sonora compuesta por Brian Tyler logra crear momentos de tensión auténtica, con cuerdas que suenan como si estuvieran afinadas en la última hora de la grabación.
- La dirección de arte logra capturar la esencia de un Gotham que podría existir en un sueño lúgubre, con callejones empapados y faroles que despiden una luz mortecina.
Lo peor
- El guion se asemeja a un collage de clichés robados de The Godfather, Scarface y cualquier serie de gangsters que haya pasado por la televisión en los últimos 30 años.
- Los efectos visuales son tan baratinados que el público podría jurar que está viendo una película de bajo presupuesto de los años 90, pero con calidad de 4K.
- La estructura narrativa se mueve a un ritmo tan errático que la serie parece más una serie de sketches que una historia coherente, arrastrando al espectador por una montaña rusa sin rieles.
El Veredicto de Claqueta Ácida
En definitiva, The Penguin es un experimento de cómo convertir a un personaje secundario en el protagonista de una serie que no sabe si pretende ser un thriller oscuro o una comedia de mala fe. La serie se desliza por la pista de baile del neo‑noir con los tacones de una gabardina gastada, tropezando con cada intento de profundidad. Si la meta era convertir a Oswald Cobblepot en un icono de la cultura pop, el resultado es tan desconectado que la única dignidad que queda es la del público que, a través del sarcasmo, sigue mirando. La serie es una advertencia de que incluso los pingüinos pueden tener demasiado hielo en su corazón y, por tanto, una visión tan cruda que solo los amantes del horror de la mediocridad podrán disfrutarla. En conclusión, una producción que se salva apenas de la sombra de su propio fracaso, y eso ya es un logro digno de una mueca de cinismo. 💀
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