Goliath — La sombra de la justicia
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En el universo catódico, donde las series se reproducen como células cancerígenas en el hígado de la cultura pop, Goliat emerge como un tumor benigno pero molesto: un drama legal con la ambición de un tiburón y la elegancia de un abogado borracho en una pelea de bar. Creada por David E. Kelley —ese mago de los guiones televisivos que ha pasado de escribir diálogos para Ally McBeal a intentar convencernos de que los abogados pueden ser héroes— y Jonathan Shapiro —un exfiscal que probablemente soñó con ser John Grisham pero terminó conformándose con ser el tipo que le susurra al oído a Kelley—, la serie se presenta como un thriller judicial con ínfulas de film noir, pero con la sutileza de un martillo pilón en un juicio por difamación. Billy Bob Thornton, ese actor que parece tallado en madera de roble y con la expresión facial de quien acaba de oler un pedo ajeno, interpreta a Billy McBride, un abogado que ha caído más bajo que el prestigio de Harvey Weinstein en un festival de cine feminista. Su oficina está en un motel de mala muerte, su cliente más frecuente es su propia botella de whisky, y su único aliado parece ser un perro callejero que, irónicamente, tiene más dignidad que la mayoría de los personajes secundarios. Pero, oh sorpresa, este hombre destrozado por la vida decide levantarse como un Lázaro con resaca para enfrentarse a un bufete de abogados tan poderoso que hace que Skadden Arps parezca un despacho de pueblo manejado por becarios de Derecho para Dummies.
La trayectoria de David E. Kelley es tan larga como un episodio de Boston Legal sin cortes comerciales. Este hombre ha escrito más diálogos ingeniosos que Aaron Sorkin en un día bueno, pero también ha caído en la trampa de creer que la televisión es un lugar donde los personajes pueden soltar monólogos existenciales como si estuvieran en una obra de Tennessee Williams dirigida por Ryan Murphy. Kelley es el rey del drama legal con toques de comedia absurda, un género que él mismo ayudó a inventar cuando L.A. Law era lo más parecido a un Tinder para abogados ambiciosos en los 80. Con Goliat, Kelley intenta recuperar esa magia, pero en lugar de hacerlo con la elegancia de un Scorsese en su mejor momento, lo hace con la torpeza de un elefante en una tienda de porcelana. La serie es un collage de clichés del género legal: el abogado caído en desgracia, el bufete corrupto, la secretaria leal, el joven asociado con crisis de conciencia y, por supuesto, el villano corporativo que parece sacado de un episodio de Suits dirigido por Michael Bay. Lo único que falta es que Billy McBride se ponga una capa y grite: "¡Por la justicia!" antes de saltar por la ventana de un juzgado.
Pero no todo está perdido, porque Billy Bob Thornton está aquí para salvar el día como un superhéroe sin capa pero con una botella de Jack Daniels en el bolsillo. Thornton no actúa; habita a Billy McBride como si fuera un fantasma que ha poseído el cuerpo de un abogado en bancarrota. Su interpretación es tan física que podrías jurar que el sudor que le resbala por la frente es real, que el temblor de sus manos no está ensayado y que su mirada de desprecio hacia el mundo no es un recurso actoral, sino una filosofía de vida. Thornton no necesita diálogos grandilocuentes para transmitir el dolor, la rabia y la determinación de su personaje; le basta con un silencio incómodo, un trago de whisky o un levantamiento de ceja para dejar claro que este hombre ha visto el infierno y ha decidido que, si va a arder, al menos lo hará con estilo. Es una actuación que recuerda a los grandes monstruos del cine clásico, esos actores que podían transmitir más con un gesto que Adam Sandler en toda su filmografía. Junto a él, Nina Arianda —que interpreta a Patty Solis-Papagian, la abogada rival que oscila entre la ambición y la moralidad— ofrece una actuación tan intensa que parece estar compitiendo en un duelo de miradas con un tigre. Arianda tiene esa cualidad de las grandes actrices de teatro: puede hacer que un simple "no" suene como una amenaza de muerte o como una declaración de amor, dependiendo del contexto. Su química con Thornton es eléctrica, como si ambos estuvieran interpretando una versión retorcida de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, pero con más alcohol y menos glamour.
El resto del reparto no se queda atrás, aunque algunos personajes parecen sacados de un manual de arquetipos televisivos. Tania Raymonde, como Brittany Gold, la joven abogada con un pasado turbio, tiene momentos en los que brilla como un diamante en un montón de carbón, pero su personaje a veces cae en la trampa de ser demasiado predecible. Diana Hopper, por su parte, interpreta a Denise McBride, la hija de Billy, con una mezcla de rebeldía y vulnerabilidad que recuerda a Jodie Foster en sus papeles más jóvenes. Bruce Dern, ese viejo lobo de mar del cine estadounidense, aparece como Frank Zedeck, un juez corrupto que parece haber salido directamente de un western de Sergio Leone, pero con toga. Dern tiene esa capacidad de hacer que incluso los diálogos más ridículos suenen como profecías bíblicas, y su presencia en pantalla es tan magnética que podrías verlo leer la lista de la compra y quedarte hipnotizado. Brandon Scott, como Julius, el joven asociado del bufete rival, ofrece una actuación sólida, aunque su personaje a veces parece más un cliché ambulante que una persona real.
Dirección: Entre el noir y el vodevil judicial
La dirección de Goliat es un baile incómodo entre el cine negro clásico y el melodrama televisivo moderno. Kelley y Shapiro intentan capturar la esencia del film noir —con sus sombras alargadas, sus personajes moralmente ambiguos y su atmósfera de fatalismo— pero lo hacen con la sutileza de un elefante en una cristalería. La serie está filmada con un estilo visual que oscila entre lo pretencioso y lo funcional, como si el director de fotografía hubiera recibido instrucciones contradictorias: "Quiero que se vea como Chinatown, pero con el presupuesto de Law & Order". Las escenas en los juzgados están iluminadas con una luz fría y azulada, como si los personajes estuvieran siendo juzgados por un tribunal extraterrestre, mientras que las escenas en el motel de Billy tienen una calidez amarillenta que recuerda a los bares de carretera de David Lynch. El problema es que, a veces, la serie parece más interesada en imitar el estilo de otros que en desarrollar el suyo propio. Hay momentos en los que Goliat parece una parodia involuntaria de sí misma, como cuando Billy McBride suelta un monólogo sobre la justicia mientras la cámara hace un zoom dramático a su rostro, como si estuviéramos viendo un tráiler de una película de superhéroes.
El montaje es otro de los aspectos que fluctúa entre lo brillante y lo irritante. Hay secuencias de acción legal —como los interrogatorios en el juzgado— que están editadas con un ritmo frenético, como si el editor hubiera querido compensar la falta de tensión dramática con cortes rápidos y música estridente. En cambio, hay otros momentos, especialmente los diálogos entre Billy y Patty, que están filmados con planos largos y estáticos, como si el director hubiera querido emular el estilo de Ingmar Bergman, pero sin la profundidad filosófica. El resultado es una serie que a veces parece dos producciones distintas cosidas a la fuerza: una película de autor europea y un drama legal estadounidense de los 90.
Actuaciones: Un reparto que salva (casi) todo
Si hay algo que salva a Goliat de convertirse en un desastre pretencioso, son las actuaciones. Billy Bob Thornton no solo interpreta a Billy McBride; lo encarna con una ferocidad que roza lo sobrenatural. Thornton tiene esa cualidad única de los grandes actores: puede hacer que un personaje destrozado por la vida se sienta heroico sin caer en el melodrama barato. Su Billy McBride no es un héroe trágico; es un hombre roto que se niega a ser pisoteado, y Thornton transmite esa mezcla de vulnerabilidad y ferocidad con una naturalidad que deja sin aliento. Hay una escena en la primera temporada en la que Billy, borracho y desesperado, se enfrenta a un grupo de matones en un bar. La secuencia está filmada con un realismo sucio, como si estuviéramos viendo un documental sobre la autodestrucción, y Thornton la interpreta con una física brutal: sus movimientos son torpes, su voz es un gruñido, pero hay una dignidad en su derrota que te parte el alma. Es el tipo de actuación que te hace olvidar que estás viendo una serie de televisión y no una obra maestra del cine independiente.
Nina Arianda, por su parte, es la contraparte perfecta de Thornton. Mientras Billy es caos y autodestrucción, Patty Solis-Papagian es control y ambición. Arianda interpreta a Patty con una frialdad calculada, pero también con destellos de humanidad que hacen que el personaje sea mucho más que la típica abogada sin escrúpulos. Hay una escena en la que Patty, después de ganar un caso importante, se derrumba en su oficina y llora en silencio. Arianda transmite esa vulnerabilidad oculta con una sutileza desgarradora, como si estuviera interpretando a una versión femenina de Don Draper, pero con más corazón y menos whisky. Su química con Thornton es el corazón de la serie, y sus duelos verbales son tan intensos que podrías cortar la tensión con un cuchillo.
El resto del reparto, aunque no alcanza el nivel de Thornton y Arianda, ofrece actuaciones sólidas y, en algunos casos, memorables. Tania Raymonde tiene momentos brillantes como Brittany Gold, especialmente en las escenas en las que su personaje lucha contra sus propios demonios. Diana Hopper, como Denise McBride, aporta una frescura que contrasta con el cinismo de los adultos, y Bruce Dern roba cada escena en la que aparece, como si estuviera compitiendo en un concurso de miradas asesinas con el propio Thornton. Brandon Scott, aunque su personaje a veces parece un cliché ambulante, logra darle profundidad a Julius, especialmente en las escenas en las que duda de su lealtad al bufete corrupto.
Apartado técnico: Lo que brilla y lo que apesta
El apartado técnico de Goliat es un mix de aciertos brillantes y fallos imperdonables, como un buffet de lujo con platos caducados. Empecemos por lo bueno: la fotografía, aunque no está acreditada en los títulos (un pecado capital en esta era de egos inflados), es impresionante en su capacidad para capturar la esencia visual de la serie. Los planos de la ciudad de Santa Mónica —con sus playas, sus muelles y su luz dorada— están filmados con una estética casi onírica, como si estuviéramos viendo un sueño febril de Raymond Chandler. Hay una escena en la primera temporada en la que Billy camina por el muelle al atardecer, con el sol reflejándose en el agua y las gaviotas volando sobre su cabeza. El plano es tan hermoso que casi puedes oler el salitre y sentir la brisa en la cara. Es el tipo de fotografía que te hace olvidar que estás viendo una serie de televisión y no una película de Paul Thomas Anderson.
La banda sonora, compuesta por James S. Levine, es otro de los puntos fuertes. Levine, conocido por su trabajo en series como American Horror Story, crea una partitura atmosférica que oscila entre lo tenso y lo melancólico, como si Ennio Morricone y Trent Reznor hubieran tenido un hijo bastardo. Los temas principales de la serie tienen un aire de western moderno, con guitarras distorsionadas y percusiones minimalistas que refuerzan la sensación de que Goliat es una historia de vaqueros en traje. Hay una escena en la segunda temporada en la que Billy se enfrenta a un rival en un juzgado vacío. La música comienza con un redoble de tambores, como si estuviéramos en un duelo del siglo XIX, y va creciendo en intensidad hasta convertirse en un huracán de sonido. Es el tipo de momento que te hace querer gritar "¡Sí!" como si estuvieras viendo un partido de fútbol.
El diseño de producción es otro de los aspectos que funcionan a las mil maravillas. Los escenarios —desde el motel destartalado de Billy hasta los lujosos despachos del bufete rival— están diseñados con un realismo sucio que refuerza la sensación de que Goliat es una serie sobre personas reales en situaciones extremas. El motel de Billy, en particular, es un personaje más de la serie: sus paredes descascaradas, sus muebles viejos y su olor a desesperación y alcohol (que casi puedes percibir a través de la pantalla) son tan importantes para la atmósfera como los propios actores. Los despachos del bufete rival, en cambio, son fríos y asépticos, como si estuvieran diseñados para ahogar cualquier rastro de humanidad. Es una dualidad visual que refuerza el tema central de la serie: la lucha entre el individuo y el sistema.
Pero no todo es perfecto en el apartado técnico de Goliat. El guion, por ejemplo, es un arma de doble filo. Por un lado, tiene diálogos brillantes y afilados, especialmente en las escenas entre Billy y Patty. Kelley y Shapiro tienen un oído excepcional para el lenguaje legal, y sus réplicas suenan auténticas y llenas de tensión, como si estuvieran sacadas de un juicio real. Pero, por otro lado, hay momentos en los que el guion se pierde en su propia pretensión, como cuando los personajes sueltan monólogos grandilocuentes sobre la justicia, el poder o la corrupción. Es como si Kelley hubiera olvidado que menos es más, y en lugar de confiar en la actuación y la dirección, hubiera decidido explicarlo todo con palabras. Hay una escena en la tercera temporada en la que Billy da un discurso sobre la importancia de la verdad que es tan pomposo que parece sacado de un discurso de graduación de una facultad de Derecho de tercera.
El montaje, como mencionamos antes, es otro de los aspectos irregulares. Hay secuencias —como los interrogatorios en el juzgado— que están editadas con un ritmo frenético, como si el editor hubiera querido compensar la falta de acción física con cortes rápidos y música estridente. Pero hay otros momentos, especialmente los diálogos íntimos, que están filmados con planos largos y estáticos, como si el director hubiera querido emular el estilo de Bergman. El problema es que Goliat no es una película de autor europea; es una serie de televisión estadounidense, y ese cambio de tono puede resultar desconcertante. Es como si el editor no hubiera podido decidir si quería hacer un thriller legal o un drama psicológico, y hubiera terminado haciendo un poco de ambos, pero sin la coherencia de ninguno.
Lo mejor
- La interpretación de Billy Bob Thornton: Una actuación monumental, de esas que te dejan sin aliento y te hacen olvidar que estás viendo una serie de televisión. Thornton no interpreta a Billy McBride; lo habita con una ferocidad que roza lo sobrenatural, transmitiendo dolor, rabia y humanidad en cada gesto, cada mirada y cada trago de whisky.
- La química entre Billy Bob Thornton y Nina Arianda: Sus duelos verbales son el corazón de la serie, con una tensión sexual y profesional que recuerda a los grandes duos del cine clásico. Arianda está a la altura de Thornton, y juntos crean escenas que queman la pantalla.
- La banda sonora de James S. Levine: Una partitura atmosférica y poderosa, que oscila entre lo tenso y lo melancólico como si Morricone y Reznor hubieran unido fuerzas. Los temas principales tienen un aire de western moderno que refuerza la sensación de que Goliat es una historia de vaqueros en traje.
- El diseño de producción: Los escenarios —desde el motel destartalado de Billy hasta los despachos lujosos del bufete rival— están diseñados con un realismo sucio que refuerza la atmósfera de la serie. El motel, en particular, es un personaje más, con su olor a desesperación y alcohol casi palpable.
- La fotografía (aunque no esté acreditada): Captura la esencia visual de la serie con una estética onírica que recuerda a Raymond Chandler y Paul Thomas Anderson. Los planos de Santa Mónica al atardecer son puro cine, con una luz dorada que te transporta a otro mundo.
Lo peor
- El guion pretencioso y grandilocuente: Kelley y Shapiro tienen momentos de brillantez dialéctica, pero también caen en la trampa de los monólogos pomposos sobre la justicia y la corrupción. Es como si hubieran olvidado que el cine (y la televisión) se hacen con imágenes, no con discursos de graduación.
- El montaje irregular: La serie oscila entre el ritmo frenético de los interrogatorios y la lentitud estática de los diálogos íntimos, como si el editor no hubiera podido decidir qué tipo de serie quería hacer. El resultado es desconcertante y, a veces, aburrido.
- La falta de créditos para la fotografía: En una era en la que hasta el asistente de catering tiene su nombre en los títulos de crédito, es inaceptable que el director de fotografía de Goliat no reciba el reconocimiento que merece. Es un pecado capital en la industria.
- Personajes secundarios poco desarrollados: Aunque el reparto es sólido, algunos personajes —como Julius o Brittany Gold— parecen clichés ambulantes sin profundidad. Brandon Scott y Tania Raymonde hacen lo que pueden, pero sus personajes a veces parecen sacados de un manual de arquetipos televisivos.
- La duración de algunos episodios: Hay episodios que se alargan innecesariamente, especialmente en la segunda temporada, donde la trama parece perder fuelle y caer en la repetición. Una serie como Goliat necesita pulso narrativo, no relleno.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Goliat es una de esas series que te atrapa desde el primer fotograma y te escupe tres temporadas después con la sensación de haber visto algo grande, pero no perfecto. Tiene momentos de genialidad absoluta —gracias, sobre todo, a Billy Bob Thornton y Nina Arianda—, una banda sonora que te pone los pelos de punta y una estética visual que roza lo cinematográfico. Pero también tiene fallos imperdonables: un guion pretencioso, un montaje irregular y personajes secundarios que parecen sacados de una fábrica de clichés. Es como un whisky de malta envejecido en barrica: tiene momentos de pureza sublime, pero también regustos amargos que te dejan con la duda de si valió la pena. Si puedes soportar sus pretensiones y perdonar sus errores, Goliat es una serie que te dejará con ganas de más. Pero si buscas coherencia narrativa y personajes bien desarrollados, quizá debas buscar en otro lado. En Claqueta Ácida, nos quedamos con Thornton, con Arianda, con esa fotografía que huele a salitre y desesperación, y con la sensación de que, a pesar de todo, Goliat es una serie que se atreve a ser grande, aunque a veces tropiece en el intento. Nota final: 7.5/10, o lo que es lo mismo, un whisky con cuerpo pero con resaca asegurada.
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