La madre muerta — El gótico vasco que nos dejó con el corazón en la garganta (y el cerebro en el congelador)
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El celuloide cruje como un hueso bajo la bota de un asesino mientras la luz de Javier Aguirresarobe se filtra por las rendijas de un caserío vasco abandonado, como si el propio diablo hubiera decidido iluminar la escena del crimen. Juanma Bajo Ulloa no estaba haciendo cine en 1993; estaba conjurando un exorcismo colectivo, una pesadilla húmeda y viscosa que se pegaría a las paredes de la memoria española como el moho a los azulejos de un matadero. La madre muerta no es una película, es un acto de necromancia cinematográfica, un ritual en el que el trauma se convierte en carne y el silencio en el sonido más ensordecedor que jamás hayas escuchado. Y lo más aterrador de todo: funciona. Funciona como un reloj suizo manchado de sangre, como un cuchillo afilado en la oscuridad, como el recuerdo de un crimen que nunca cometiste pero que, de alguna manera, llevas tatuado en el alma.
Corría el año 1993, y el cine español se debatía entre el destello efímero de Almodóvar y el realismo social de Loach pasado por la batidora de la Movida. Pero en el norte, en el País Vasco, un joven director de 28 años llamado Juanma Bajo Ulloa —que ya había dejado boquiabiertos a propios y extraños con su ópera prima Alas de mariposa (1991)— decidió que era hora de llevar el gótico al caserío, de mezclar el folclore vasco con el terror psicológico más crudo, y de hacer que el espectador se sintiera como si estuviera atrapado en un sueño del que no puede despertar. La madre muerta no es solo una película de culto; es un manifiesto, una declaración de intenciones, un puñetazo en la mesa que dice: «El cine español también puede ser oscuro, enfermizo y gloriosamente perturbador». Y vaya si lo logró. Con un presupuesto que no alcanzaría ni para comprar el catering de un capítulo de Elite, Bajo Ulloa y su equipo crearon una obra que huele a tierra mojada, a sangre seca y a miedo puro. No es cine de palomitas; es cine de vísceras, de esos que te dejan con el estómago revuelto y la mente dando vueltas como un hamster en una rueda envenenada.
Pero hablemos del contexto, porque La madre muerta no nació en un vacío. España en 1993 era un país en plena resaca post-olímpica, con la euforia de Barcelona 92 aún fresca en la memoria y la sombra alargada de ETA oscureciendo el horizonte. El cine, mientras tanto, se debatía entre el éxito comercial de Belle Époque (que arrasaría en los Goya ese mismo año) y la búsqueda de una identidad que fuera más allá de los tópicos costumbristas. En medio de este panorama, Juanma Bajo Ulloa emergió como una figura casi profética, un director capaz de fusionar el realismo sucio de John Cassavetes con la estética gótica de Mario Bava, todo ello sazonado con un toque de surrealismo ibérico que solo podía salir de la mente de alguien que había crecido escuchando historias de aparecidos en un caserío perdido de Álava. La madre muerta es, en muchos sentidos, el eslabón perdido entre el terror rural de El bosque animado y el thriller psicológico de Los otros, una película que bebe de las fuentes del giallo italiano pero que huele a txakoli agrio y a pan recién horneado en una cocina donde alguien acaba de morir.
Y luego está el reparto, ese elenco de actores que parecen sacados de un sueño febril. Karra Elejalde no interpreta a Ismael; lo encarna, lo mastica y lo escupe como si fuera un trozo de carne podrida que lleva demasiado tiempo en su boca. Su mirada es la de un hombre que ha visto el infierno y ha decidido que, total, ya no hay vuelta atrás. Ana Álvarez, en el papel de Leire, la niña traumatizada que ahora es una mujer rota, es pura fragilidad y locura contenida, como si su cuerpo fuera un jarrón de porcelana agrietado que amenaza con romperse en cualquier momento. Y luego está Lio, la hermana de Ismael, una mujer cuya sonrisa es tan afilada como un cuchillo de cocina y cuya presencia en pantalla es como un mal presagio hecho carne. Este no es un reparto; es un aquelarre de actores entregados a la causa, dispuestos a mancharse las manos con sangre falsa (o no tan falsa) con tal de que la película funcione. Y vaya si funciona. Cada escena, cada mirada, cada silencio está cargado de una tensión que parece a punto de estallar, como si en cualquier momento el celuloide fuera a arder en llamas y dejarnos a todos con las manos vacías y el corazón en la garganta.
La dirección: Un baile macabro entre el gótico y el realismo sucio
Si Juanma Bajo Ulloa hubiera nacido en Estados Unidos, hoy sería considerado un maestro del terror indie, un David Lynch con acento vasco y menos presupuesto. Pero como nació en Vitoria, tuvo que conformarse con ser un genio incomprendido en su tiempo, un director capaz de convertir un caserío abandonado en un personaje más de la película, un espacio que respira, que suda y que, sobre todo, huele. Porque La madre muerta no solo se ve; se huele. Huele a humedad, a sangre seca, a leche agria, a ese olor a cerrado que tienen las casas donde ha pasado algo terrible y nadie se ha atrevido a abrir las ventanas. Bajo Ulloa no dirige con un guión; dirige con un cuchillo, cortando la realidad en planos que parecen sacados de una pesadilla de Buñuel, pero con la crudeza visual de un Pasolini en sus peores días.
La fotografía de Javier Aguirresarobe es, sencillamente, una obra maestra. Cada encuadre está pensado para que el espectador se sienta atrapado, como si las paredes del caserío se cerraran lentamente a su alrededor. Los planos son oscuros, pero no de una oscuridad genérica, sino de una oscuridad específica, de esas que tienen textura, que parecen hechas de tela de araña y polvo. Cuando Ismael arrastra el cuerpo de su víctima por el suelo, no es un simple movimiento de cámara; es una coreografía de la violencia, un baile macabro en el que el espectador es invitado a participar, quiera o no. Y luego están los primeros planos, esos rostros iluminados por una luz que parece venir del más allá, como si los personajes estuvieran siendo observados por algo —o alguien— que no pertenece a este mundo. La madre muerta no es una película que se vea; es una película que se siente, que se sufre, que se vive como si fuera un mal viaje del que no puedes despertar.
Pero lo más brillante de la dirección de Bajo Ulloa es su capacidad para jugar con el tiempo. La película avanza como un reloj averiado, con saltos temporales que no son bruscos, sino orgánicos, como si el propio trauma de los personajes hubiera infectado la estructura narrativa. Hay escenas que parecen durar una eternidad —como ese plano secuencia en el que Ismael y Leire se miran en silencio, mientras el viento golpea las ventanas como si quisiera entrar— y otras que pasan en un abrir y cerrar de ojos, como si el director supiera que hay cosas que es mejor no mostrar demasiado, no vaya a ser que el espectador se rompa del todo. Y luego está el final, ese desenlace que es tan inesperado como inevitable, tan brutal como poético, y que deja al espectador con la sensación de haber sido testigo de algo sagrado, de algo que no debería haber visto pero que, al mismo tiempo, necesitaba ver.
Las actuaciones: Un aquelarre de locura y carne
Si hay algo que La madre muerta demuestra es que el cine español de los 90 tenía actores capaces de lo mejor y lo peor, y que, en este caso, lo mejor es tan bueno que duele. Karra Elejalde no interpreta a un asesino; interpreta a un hombre que ha decidido que la vida es un chiste malo y que él es el único que se ha dado cuenta. Su Ismael es un personaje lleno de matices, un tipo que podría ser el villano de una película de Tarantino pero que, en manos de Bajo Ulloa, se convierte en algo mucho más complejo: un hombre roto, un monstruo con alma, un asesino que, en el fondo, solo quiere que alguien lo reconozca. Elejalde no actúa; existe en pantalla, con una presencia física que es tan imponente como aterradora. Cada gesto, cada mirada, cada sonrisa torcida está calculada para que el espectador no sepa si reír o salir corriendo. Y eso, queridos lectores, es lo que separa a los buenos actores de los grandes.
Pero si Elejalde es el fuego, Ana Álvarez es el hielo. Su Leire es una de esas actuaciones que te dejan sin aliento, una mezcla de fragilidad y locura que parece a punto de romperse en cualquier momento. Álvarez no interpreta a una mujer traumatizada; interpreta a un fantasma, a un ser que ha dejado de pertenecer a este mundo pero que, por alguna razón, sigue atrapado en él. Hay una escena en particular —esa en la que Leire se mira al espejo y se toca el pelo como si fuera la primera vez que se ve— que es tan desgarradora, tan real, que parece sacada de un documental sobre la esquizofrenia. Y luego está Lio, la hermana de Ismael, una mujer cuya sonrisa es como un cuchillo afilado en la oscuridad. Lio no tiene miedo de nada, y eso la convierte en el personaje más peligroso de la película. Su actuación es pura electricidad, un recordatorio de que, a veces, el mal no necesita ser gritado; a veces, basta con una sonrisa y un silencio.
El resto del reparto no se queda atrás. Silvia Marsó, Elena Irureta y Ramón Barea completan este aquelarre de locura y carne con actuaciones que son tan precisas como perturbadoras. Marsó, en particular, tiene una escena —esa en la que su personaje, Edurne, se enfrenta a Ismael en un bar— que es pura dinamita, un momento en el que el espectador no sabe si reír, llorar o esconderse bajo el asiento. La madre muerta no es una película con actores; es una película con seres, con criaturas que parecen sacadas de un sueño febril y que, sin embargo, son más reales que muchos de los personajes que pueblan el cine actual.
El apartado técnico: Cuando el diablo está en los detalles
Si hay algo que La madre muerta demuestra es que el cine no necesita grandes presupuestos para ser grande; solo necesita ideas. Y Bajo Ulloa las tenía a montones. Empecemos por el diseño de producción, que es, sencillamente, una obra de arte. El caserío en el que transcurre gran parte de la película no es un decorado; es un personaje, un espacio que respira, que suda, que huele a podrido. Cada rincón, cada objeto, cada mancha de humedad en las paredes está ahí por una razón, como si el propio lugar estuviera contando su propia historia de terror. Y luego está el vestuario, que es tan sencillo como efectivo. Los personajes no visten para impresionar; visten para sobrevivir, como si supieran que el mundo es un lugar peligroso y que, en cualquier momento, alguien podría venir a por ellos con un cuchillo.
La banda sonora, compuesta por Bingen Mendizábal, es otro de los grandes aciertos de la película. No es una música que te avise de que algo malo va a pasar; es una música que ya sabe que algo malo ha pasado, y que lo único que puede hacer es llorar en silencio. Los temas son minimalistas, casi etéreos, como si estuvieran siendo interpretados por fantasmas en un lugar muy lejano. Y luego están los silencios, esos momentos en los que la música desaparece y solo queda el sonido del viento, de la lluvia, de los pasos de alguien que se acerca por el pasillo. La madre muerta no necesita música para asustarte; le basta con el silencio.
Pero si hay un aspecto técnico que eleva la película a la categoría de obra maestra, ese es el montaje. Bajo Ulloa y su editor, Pablo Blanco, juegan con el tiempo como si fuera un juguete, cortando escenas en el momento justo para que el espectador no sepa si lo que acaba de ver es real o solo un sueño. Hay secuencias que parecen sacadas de un thriller de los 70, con planos que se alargan hasta lo insoportable, y otras que son tan rápidas que parecen un videoclip de Nine Inch Nails. El resultado es una película que nunca te deja relajarte, que te mantiene en tensión desde el primer plano hasta el último, como si en cualquier momento algo —o alguien— fuera a saltar de la pantalla y a agarrarte del cuello.
Lo mejor
- La dirección de Juanma Bajo Ulloa: Un ejercicio de estilo que mezcla el gótico rural con el realismo sucio, creando una atmósfera tan densa que podrías cortarla con un cuchillo.
- La fotografía de Javier Aguirresarobe: Cada plano es una pintura macabra, una obra de arte que huele a sangre seca y a miedo puro.
- La actuación de Karra Elejalde: Un monstruo con alma, un asesino que te parte el corazón mientras te clava un cuchillo en las entrañas.
- El diseño de producción: El caserío no es un decorado; es un personaje, un espacio que respira y que, sobre todo, huele a podrido.
- La banda sonora de Bingen Mendizábal: Una música que no te avisa del peligro; una música que ya sabe que el peligro ha llegado y que lo único que puede hacer es llorar.
- El final: Brutal, poético, inesperado e inevitable. Un puñetazo en el estómago que te deja sin aliento y con ganas de más.
Lo peor
- Algunos diálogos forzados: Hay momentos en los que los personajes hablan como si estuvieran en un thriller de los 90, con frases que suenan más a guión que a realidad.
- El ritmo en la primera mitad: La película tarda en arrancar, como si Bajo Ulloa no supiera muy bien cómo introducirnos en su pesadilla particular.
- La falta de desarrollo de algunos personajes secundarios: Silvia Marsó y Ramón Barea tienen actuaciones memorables, pero sus personajes podrían haber tenido más profundidad.
- El exceso de simbolismo: A veces, Bajo Ulloa se pasa de listo y carga las tintas con metáforas que son más confusas que reveladoras.
- La edición en algunas escenas de acción: Hay momentos en los que el montaje es tan rápido que cuesta seguir lo que está pasando, como si el editor hubiera decidido que el caos era mejor que la claridad.
El Veredicto de Claqueta Ácida
La madre muerta no es una película; es una experiencia. Una de esas raras joyas del cine español que te deja con el corazón en un puño, la mente en shock y el estómago revuelto, como si acabaras de salir de un viaje en montaña rusa que no sabías que iba a ser tan intenso. Juanma Bajo Ulloa demostró en 1993 que el cine de terror no necesita efectos especiales ni presupuestos millonarios; solo necesita ideas, actores dispuestos a darlo todo y una atmósfera tan densa que puedas cortarla con un cuchillo. Esta película es un recordatorio de que, a veces, el miedo no está en lo que ves, sino en lo que sientes, en lo que hueles, en lo que imaginas que podría estar escondido en la oscuridad. La madre muerta es cine en estado puro, de ese que duele, que perturba y que, sobre todo, no se olvida. Y si después de verla no te quedas con la sensación de que algo se ha roto dentro de ti, es que no estabas prestando atención. 💀
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