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El día de la revelación — Spielberg y el Apocalipsis Extraterrestre de Cartón Piedra

✍️ Por: Camilo K.O.
🎬 Director: Steven Spielberg
👥 Reparto: Emily Blunt, Josh O'Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo, Wyatt Russell
⏱️ Lectura: 12 min
⚡ Ácido Cítrico 5/10
Público --
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El día de la revelación: Spielberg y el Apocalipsis Extraterrestre de Cartón Piedra
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El celuloide cruje bajo el peso de la expectativa como un viejo proyector a punto de reventar. Steven Spielberg, ese titán de la industria que alguna vez nos regaló pesadillas de tiburones gigantes y sueños de niños con bicicletas voladoras, regresa con El día de la revelación, un título que suena más a sermón de telepredicador que a película de ciencia ficción. ¿Acaso el maestro ha olvidado que su mejor cine siempre surgió de la oscuridad, del miedo primigenio, de la humanidad en su estado más vulnerable? Porque lo que tenemos aquí huele a producto de estudio, a reunión de ejecutivos con trajes de Armani decidiendo cómo vender el Apocalipsis como si fuera un iPhone nuevo. Universal Pictures y Amblin Entertainment no han financiado una película, sino un folleto corporativo disfrazado de blockbuster, donde hasta los alienígenas parecen diseñados por un comité de focus group obsesionado con no ofender a nadie. Bienvenidos al día en que la verdad se revela: Spielberg ha perdido el norte, y lo que queda es un espectáculo tan vacío como los ojos de un stormtrooper de Star Wars.

No es la primera vez que el director coquetea con la mediocridad en el ocaso de su carrera. Recordemos Ready Player One, ese festival de nostalgia corporativa donde Spielberg vendió su alma a la cultura del fan service como un youtuber desesperado por likes. Pero El día de la revelación va un paso más allá: aquí no hay ni siquiera la excusa de la nostalgia. Solo hay un guion de David Koepp, ese mercenario de las palabras que ha escrito desde Jurassic Park hasta La momia (sí, esa aberración con Brendan Fraser), y que parece haber confundido profundidad con frases hechas de manual de autoayuda. «Si descubrieras que no estamos solos, ¿te asustarías?», pregunta la sinopsis oficial. Spoiler: no, porque los alienígenas de Koepp y Spielberg tienen menos carisma que un influencer vendiendo colágeno en Instagram. La revelación no es que existan extraterrestres, sino que Hollywood ha convertido hasta el fin del mundo en un producto brandable.

El problema no es que Spielberg haya envejecido —el cine necesita voces sabias—, sino que parece haber olvidado qué lo hizo grande. En Encuentros en la tercera fase, los ovnis eran misteriosos, casi místicos, como dioses paganos descendiendo sobre una humanidad pequeña y aterrada. En E.T., el extraterrestre era un niño perdido, una metáfora de la inocencia en un mundo cruel. Pero en El día de la revelación, los alienígenas son tan genéricos que podrían ser el logo de una empresa de criptomonedas. No hay terror, no hay asombro, no hay humanidad. Solo hay Janusz Kamiński, el director de fotografía de toda la vida de Spielberg, iluminando cada plano como si estuviera filmando un anuncio de coches de lujo. La luz es perfecta, el encuadre es impecable, pero todo huele a producto. ¿Dónde está el Spielberg que filmaba La lista de Schindler con una cámara temblorosa, como si el horror fuera demasiado grande para contenerlo en un plano? Aquí solo hay steadycam y green screen, como si el cine se hubiera convertido en un videojuego para ejecutivos aburridos.

Y luego está el reparto, ese conjunto de actores de élite condenados a recitar diálogos que suenan como si los hubieran escrito en una reunión de brainstorming con un algoritmo de buzzwords. Emily Blunt, una actriz capaz de transmitir más con un silencio que la mayoría con un monólogo, aquí parece una presentadora de TED Talk intentando convencernos de que los extraterrestres son «una oportunidad para crecer como especie». Josh O’Connor, ese actor británico con cara de haber leído demasiados libros de filosofía en Oxford, interpreta a un científico que descubre la verdad como si estuviera pidiendo un latte en Starbucks. Y Colin Firth, ese monumento a la elegancia británica, hace de presidente de los Estados Unidos con la misma convicción con la que un maniquí de Zara llevaría un traje de Armani. Solo Wyatt Russell, con su mirada de «esto es una mierda, pero me pagan», parece entender que está en una película de Spielberg, no en un spot de seguros de vida. Su personaje, un militar cínico y desengañado, es lo único que salva este naufragio de parecer un infomercial de la NASA.

La dirección: Spielberg en modo piloto automático

Steven Spielberg dirige El día de la revelación como si estuviera cumpliendo un trámite burocrático. No hay riesgo, no hay innovación, no hay esa chispa de genialidad que alguna vez hizo que películas como Tiburón o Indiana Jones se sintieran como eventos generacionales. Aquí, el director se limita a seguir el manual del blockbuster moderno: planos amplios para mostrar los efectos especiales, primeros planos dramáticos para que el público sienta algo (cualquier cosa), y un ritmo que oscila entre lo tedioso y lo frenético, como si alguien hubiera mezclado escenas de 2001: Una odisea del espacio con un trailer de Transformers. El problema no es que Spielberg haya perdido su toque, sino que parece haberlo vendido al mejor postor. Cada secuencia está calculada para maximizar el impacto en redes sociales —«¡Mira este plano de los ovnis, es instagrameable!»—, pero ninguna está pensada para conmover, asustar o sorprender. Es cine fast food: sabe bien en el momento, pero te deja con una sensación de vacío existencial.

El montaje, a cargo de Michael Kahn (colaborador habitual de Spielberg), es tan predecible que podrías adivinar cada corte antes de que ocurra. Las escenas de acción son un festival de shaky cam y jump cuts, como si el editor hubiera confundido caos con emoción. Los diálogos, por su parte, son tan planos que parecen escritos por un chatbot entrenado con guiones de películas de los 90. «La humanidad debe unirse», dice un personaje en un momento dado. No, no es un meme de Star Wars, es el guion de El día de la revelación en todo su esplendor. Y luego está la música de John Williams, ese genio que alguna vez compuso partituras inolvidables como la de E.T. o Indiana Jones. Aquí, su trabajo suena a versión elevator music* de sus propias obras maestras. Es como si Williams hubiera compuesto la banda sonora con una mano atada a la espalda y la otra sosteniendo un cheque de Universal.

Los actores: Un reparto de lujo desperdiciado en un guion de telefilme

Si hay algo peor que un guion malo, es un guion malo interpretado por actores de primera línea. Emily Blunt, una de las mejores actrices de su generación, parece estar en otra película, una donde los personajes tienen profundidad y los diálogos no suenan a slogan de campaña política. Aquí, su personaje —una científica que descubre la verdad sobre los extraterrestres— pasa de la incredulidad al éxtasis místico en cuestión de segundos, como si alguien le hubiera inyectado un shot de ayahuasca en pleno rodaje. Josh O’Connor, ese actor británico con una presencia magnética, interpreta a un periodista que sigue la historia como si estuviera cubriendo un congreso de marketing multinivel. Y Colin Firth, ese monumento a la elegancia masculina, hace de presidente de los Estados Unidos con la misma convicción con la que un maniquí de El Corte Inglés llevaría un traje de Hugo Boss. Solo Wyatt Russell, con su mirada de «esto es una mierda, pero me pagan bien», parece entender el tono de la película. Su personaje, un militar cínico y desengañado, es lo único que salva a El día de la revelación de parecer un infomercial* de la NASA.

Pero el verdadero crimen aquí no es el desperdicio de talento, sino la falta de química entre los actores. En una película que debería ser un thriller apocalíptico, los personajes interactúan como si fueran compañeros de trabajo en un team building corporativo. No hay tensión, no hay conflicto, no hay esa chispa que hace que el público se preocupe por ellos. En su lugar, hay sonrisas forzadas, diálogos expositivos y una sensación constante de que todos están leyendo sus líneas de un teleprompter. Eve Hewson, que interpreta a la hija del personaje de Blunt, tiene momentos en los que parece estar en otra película, una donde los personajes tienen emociones reales y no son peones de un guion escrito por un comité. Pero incluso ella no puede salvar este naufragio.

El apartado técnico: Efectos especiales de feria y fotografía de anuncio

Si hay algo que Spielberg siempre ha dominado es la puesta en escena. Desde los planos secuencia de Salvar al soldado Ryan hasta la iluminación expresionista de La lista de Schindler, el director ha demostrado una y otra vez que el cine es, ante todo, un arte visual. Pero en El día de la revelación, la fotografía de Janusz Kamiński parece diseñada para un anuncio de coches de lujo. Cada plano está iluminado con una precisión quirúrgica, como si el objetivo fuera vender el producto y no contar una historia. Los ovnis, por su parte, parecen sacados de un parque temático de los 90: son tan genéricos que podrían ser el logo de una empresa de telecomunicaciones. No hay misterio, no hay terror, no hay esa sensación de lo desconocido que hacía que películas como Encuentros en la tercera fase fueran tan fascinantes. Aquí, los extraterrestres son tan brandables que podrías ponerles un slogan de Apple y venderlos como el próximo gadget de moda.

El diseño de producción, a cargo de Rick Carter (colaborador habitual de Spielberg), es otro de los puntos débiles de la película. Los escenarios parecen sacados de un catálogo de IKEA: son funcionales, bonitos y completamente carentes de personalidad. La nave alienígena, por ejemplo, parece diseñada por un arquitecto de Silicon Valley: es fría, aséptica y tan genérica que podrías confundirla con la sede de Google. No hay esa sensación de lo otro, de lo desconocido, que hacía que películas como Alien o 2001 fueran tan memorables. En su lugar, hay green screen y CGI de plástico, como si el equipo de efectos especiales hubiera confundido realismo con aburrimiento.

El sonido, por su parte, es otro de los aspectos más decepcionantes de la película. En lugar de crear una atmósfera inmersiva, como en Tiburón o E.T., el equipo de sonido parece más interesado en ensordecer al público con explosiones y efectos de bajo que en contar una historia. Las escenas de acción suenan como un videojuego de los 90, con ruidos de impactos que parecen sacados de una biblioteca de efectos de stock. Y la música de John Williams, ese genio que alguna vez compuso partituras inolvidables, aquí suena a versión elevator music* de sus propias obras maestras. Es como si Williams hubiera compuesto la banda sonora con una mano atada a la espalda y la otra sosteniendo un cheque de Universal.

Lo mejor

  • La actuación de Wyatt Russell: El único que parece entender que está en una película de Spielberg, no en un anuncio de seguros. Su mirada de «esto es una mierda, pero me pagan» es lo más auténtico del metraje.
  • La fotografía de Janusz Kamiński: Aunque está al servicio de un guion mediocre, Kamiński demuestra una vez más por qué es uno de los mejores directores de fotografía del cine moderno. Algunos planos son tan hermosos que duele.
El diseño de sonido en las escenas de silencio: Hay momentos en los que la película se toma un respiro y el silencio se convierte en el verdadero protagonista. Son los únicos instantes en los que El día de la revelación* parece recordar que el cine también puede ser un arte.
  • La secuencia inicial: Un prólogo prometedor que, por un momento, hace pensar que Spielberg aún tiene algo que decir. Lástima que el resto de la película no esté a la altura.

Lo peor

El guion de David Koepp: Un festival de lugares comunes, diálogos de manual de autoayuda y personajes que parecen sacados de un folleto de coaching empresarial. La revelación no es que existan los extraterrestres, sino que Hollywood ha convertido hasta el fin del mundo en un producto brandable*.
La dirección de Spielberg: Parece filmada en piloto automático*, como si el director estuviera cumpliendo un trámite burocrático. No hay riesgo, no hay innovación, no hay esa chispa de genialidad que alguna vez hizo grande a Spielberg.
Los efectos especiales: Los ovnis parecen sacados de un parque temático de los 90. Son tan genéricos que podrían ser el logo de una empresa de telecomunicaciones*.
La música de John Williams: Suena a versión elevator music de sus propias obras maestras. Es como si Williams hubiera compuesto la banda sonora con una mano atada a la espalda y la otra sosteniendo un cheque de Universal.
La falta de química entre los actores: En una película que debería ser un thriller apocalíptico, los personajes interactúan como si fueran compañeros de trabajo en un team building corporativo. No hay tensión, no hay conflicto, solo sonrisas forzadas y diálogos expositivos*.
El ritmo: Oscila entre lo tedioso y lo frenético, como si alguien hubiera mezclado escenas de 2001: Una odisea del espacio con un trailer de Transformers*.

El Veredicto de Claqueta Ácida

El día de la revelación no es una película, es un síntoma. Un síntoma de que incluso los grandes directores pueden caer en la trampa del blockbuster corporativo, donde el producto importa más que la historia y los efectos especiales valen más que los personajes. Spielberg, ese titán que alguna vez nos hizo creer en tiburones gigantes, niños con bicicletas voladoras y arqueólogos con látigos, aquí nos vende una invasión alienígena tan genérica que podría ser el spot de una startup de Silicon Valley. La verdad duele, pero no tanto como ver a un maestro del cine convertido en un vendedor de merchandising. Si esto es el futuro del cine, que alguien nos revele cómo volver al pasado. 💀

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